NO ME REPRESENTAN, SEÑORÍAS
Últimamente uno siente vergüenza ajena de los parlamentarios de nuestros país. Han
convertido el templo de la palabra, que debería ser el Congreso de los Diputados, en una pelea callejera continua,
con insultos, expresiones y disputas que los retratan, parecen pandilleros más que diputados.
Me da igual que sean los hunos
o los hotros – si Unamuno levantara la cabeza no notaría diferencia de su época-.
No tienen la altura política, ni la prestancia, ni la formación para ocupar esos escaños, que por otra parte los
pagamos entre todos, para que den los espectáculos que
dan, lamentables por otra parte.
Dan ganas de no votar, la verdad, pues para la representación que tenemos, da igual el color, se insultan sin el más mínimo respeto.
"Se han cruzado todas las líneas de la decencia", dijo un político cuando se insultó a una ministra, pero creo que no solo ha sido en ese caso, hace tiempo
que nuestros representantes han perdido el norte que tiene como horizonte la
decencia.
Si se vieran, creo que sentirían vergüenza de sí mismos, o no, pues no creo mucho en ellos, para mí tienen mínima credibilidad tanto los unos como otros. “Su único mérito es haber
estudiado en profundidad a Pablo Iglesias”, eso le
espetó una diputada de la oposición a una
ministra y se quedó tan ancha y al día siguiente
los de su partido presumían de ser superiores – recordando épocas pretéritas que dan miedo-.
Todo el mundo, o casi todo, apoyó a esa ministra, no es para menos. Dos días después esta misma ministra lanzaba esta perla a otro
partido de la oposición, le acusaba de promover la "cultura de la
violación".
Esto es un suma y sigue de gruesas palabras,
acusaciones y de broncas que no conducen más que a crispar el ambiente. Nadie se salva y todos justifican su violencia
verbal ¿Hasta donde llegarán si nadie
les pone límites?.
Siento vergüenza de la clase política. Parece que están en un concurso de ver quién dice la salvajada más grande para liar bronca. No me representan señorías
Alberto López Escuer



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